Vos ya te fuiste y yo me quedo, extrañándote. Vos ya lo resolviste así, de esa mala forma… y yo me quedo, extrañándote. Hoy de vez en cuando te extraño, pero ya no quiero extrañarte más. Tu inevitable desaparición deja un deseo insaciado que persigue consuelos sustitutos. Pero no quiero más consuelos… como joden los pesados deseos. ¿Pero porqué uno quiere tanto al sufrimiento? Porque es obvio que en el deseo insatisfecho también hay un placer oculto. Aquí solo hablo de mi, yo y conmigo, porque de vos desconozco. De vos, solo intuyo, que no debo llamarte con mi pensamiento, sino, más bien, dejarte y desearte lo mejor.